Aquí
estamos ya en un ámbito sacramental muy determinado: el ámbito de la
curación. El mismo Catecismo llama a estos sacramentos “sacramentos de
curación”, referidos a una salud que envuelve y penetra a toda la
persona. No olvidemos la etimología de salud: viene del latín “salus”
que lo mismo denomina salud que salvación. Teniendo esto en mente no nos
será difícil concluir que estos sacramentos buscan un fin que afecte
beneficiosamente a toda la persona, en cuerpo y alma.
Hay
una llamada de atención al inicio del número y es la de la poca atención
a la Palabra en estos sacramentos. A continuación pasa a dar una serie
de consejos referidos a cada uno de los dos. La idea, una vez más, es la
de referir todo a su centro, que es Cristo, que es la Palabra.
Empecemos
con el sacramento de la penitencia o reconciliación. Es el medio
ordinario para el perdón de los pecados capitales y es aumento de
gracia. Siguiendo una historia judía que habla del perdón divino y que
nos viene de perlas aquí (para no convertir esto en una pesada charla y
ver cómo la parábola sigue siendo actual) entre Dios y nosotros hay un
hilo de unión. Cada vez que pecamos ese hilo se rompe pero cada vez que
nos arrepentimos y volvemos a Dios a pedir perdón Él anuda el hilo roto,
de tal modo que con cada perdón hay una unión mayor. No es simple
reintegración sino mayor acercamiento. Esto también lo decimos de la
gracia sacramental de la penitencia: une más a Dios, no nos devuelve a
un estado anterior sino que no da un empujoncito.
La VD
anima a que antes de la confesión nos paremos a meditar un texto bíblico
apropiado, que cuando iniciemos y terminemos el diálogo con el confesor
usemos una expresión bíblica (el Ritual propone varias opciones) y que
durante el año se ofrezca alguna celebración penitencial donde la
Palabra sea protagonista. Recordemos que nos sirve como comparación con
nuestra vida y como ánimo. No todo depende de nuestra única voluntad o
conocimiento sino que tenemos un camino y una mano a la que asirnos, a
la que decir “sí”. Así comprendemos que la vida humana es vivida siempre
entre Dios y nosotros, no siendo lejanos ni extraños nadie al otro. Al
igual que en tantas situaciones humanas, Dios no es ajeno a la
experiencia del perdón y del reánimo.
Referidos ya al
sacramento de la Unción de enfermos, se propone la celebración
comunitaria en parroquias y hospitales. Tal como vemos en su respectivo
Ritual, la Palabra de Dios ofrece varios textos en los que la enfermedad
e incluso la muerte son vistas desde la mirada del creyente. Aparece
Dios como garante de la vida, como curador y acompañante. Así que nos
encontramos ante una necesidad actual que la Palabra puede iluminar
magníficamente y puede consolar y puede animar a que estemos cerca de
tantos ancianos y enfermos como hay en nuestra ciudad y pueblos. Un
acercamiento que parte de la fe, del ejemplo del mismo Cristo que
atendió, curó, del mismo Señor que dio la vida a muertos y Él mismo,
como primogénito, como el primero, resucita a la vida nueva.
Eso
sí, por mi pequeña experiencia, ante estos sacramentos queda una
catequesis potente por delante para poder redescubrirlos y gozarlos.
Porque vaya si no los miramos tantas veces como algo negativo o que hay
que esconder: se oculta el pecado, se acalla la misma conciencia de su
existencia, se tapa la enfermedad y todo lo que nos recuerde nuestra
finitud y desvalimiento, se cree que la Unción envía al otro Barrio,…
vamos, que tenemos una buena labor de recuperar estos dos sacramentos e
iluminarlos profusamente con la Palabra, dándole nuevo protagonismo y
haciéndola accesible a la comunidad fiel.
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