4. Número 59: Importancia de la homilía.
No perdamos de vista que estamos ante un documento
centrado en la Palabra de Dios, relacionada con la vida y misión de
la Iglesia. La Palabra de Dios por excelencia es Jesucristo, que se
hizo hombre por nuestra salvación. A tal misterio lo denominamos
Encarnación y, sin ir más lejos, lo recordamos en la breve pero
profunda oración del Angelus (“Y el Verbo de Dios se
hizo carne”). También lo tiene muy presente el prólogo del
Evangelio según san Juan. Cito este evangelio porque es el que
inicia cada una de las partes de la VD. Concretamente, se eligieron
partes del prólogo donde aparece Cristo como la Palabra de Dios que
se encarna y vive la vida de un hombre cualquiera, gracias a lo cual
los discípulos pueden dar testimonio. Así, nosotros tomamos
conciencia de que la Palabra que es Cristo supera a la Palabra
escrita en la Biblia. Es decir, tenemos más que suficiente en la
Sagrada Escritura para conocer, tratar y seguir a Jesús pero es que
Jesús es mucho más. Eso por un lado. Por otro, Jesucristo no se ha
dirigido a nosotros desde revelaciones o sueños sino hablando un
determinado idioma y desde una cultura y tiempos concretos. Eso se ha
reflejado en los escritos sobre Él. Tales escritos provienen de una
predicación anterior. Tal predicación sigue a día de hoy y no
puede desconectarse de las Escrituras.
Así llegamos al mensaje de este número: la
importancia de la homilía y el cuidado que se ha de poner en ella
para que transmita a Cristo. La homilía forma parte de la liturgia
de la Palabra, sería una especia de concreción y actualización de
la Palabra de Dios en palabras humanas. De ahí que se pida, antes de
nada, que el predicador esté familiarizado con la Palabra, que sea
amigo y testigo de Cristo. No es cuestión de convertir la homilía
en una clase de teología ni en discusión sobre aspectos históricos
de los textos leídos sino que es sobre todo charla familiar sobre
Cristo y la vivencia de la fe. De ahí que el Papa proponga tres
preguntas a la hora de preparar la homilía: ¿Qué dicen las
lecturas proclamadas? ¿Qué me dicen a mí personalmente? ¿Qué
debo decir a la comunidad, teniendo en cuenta su situación
concreta?.
Los encargados de la homilía son los ministros
ordenados, encargados de ofrecer una visión actual de la Palabra
proclamada, de centrar el pensamiento de la asamblea en Cristo,
centro de la Palabra, Palabra por excelencia. Los fieles que escuchan
tienen la posibilidad de meditar en lo dicho. Lo básico es el
encuentro con el Resucitado que sigue estando presente por su
Palabra. La responsabilidad, de todos modos, sigue en las manos del
ministro ordenado que predica, de modo que los fieles puedan
descubrir la presencia actual y actuante de Cristo en medio de ellos.
Y es que hay que volver a recordarlo: escuchar las lecturas no es
escuchar literatura del pasado sino escuchar a Dios, a quien podemos
responder con nuestra oración. De ahí que no podamos quedarnos en
unas consideraciones literarias o históricas sobre lo leído sino
que en la Palabra celebrada hemos de descubrir a Cristo que habla
aquí y hoy a nosotros.
Una vez más, el documento recuerda la importancia
de la homilía de domingos y solemnidades (que es obligatoria) y la
oportunidad de aprovechar cualquier Misa para alguna reflexión, más
o menos breve.
5. Número 60: Oportunidad de un
Directorio homilético.
Instrumento que resumiría la doctrina y animaría a
la práctica, dando pautas, de la homilía y el cuidado del arte de
la predicación. Suelen ser un resumen de todo lo que hay sobre el
tema añadiendo consideraciones actuales y dando consejos prácticos.
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