jueves 22 de diciembre de 2011

Verbum Domini 57-61 (IV)


4. Número 59: Importancia de la homilía.

No perdamos de vista que estamos ante un documento centrado en la Palabra de Dios, relacionada con la vida y misión de la Iglesia. La Palabra de Dios por excelencia es Jesucristo, que se hizo hombre por nuestra salvación. A tal misterio lo denominamos Encarnación y, sin ir más lejos, lo recordamos en la breve pero profunda oración del Angelus (“Y el Verbo de Dios se hizo carne”). También lo tiene muy presente el prólogo del Evangelio según san Juan. Cito este evangelio porque es el que inicia cada una de las partes de la VD. Concretamente, se eligieron partes del prólogo donde aparece Cristo como la Palabra de Dios que se encarna y vive la vida de un hombre cualquiera, gracias a lo cual los discípulos pueden dar testimonio. Así, nosotros tomamos conciencia de que la Palabra que es Cristo supera a la Palabra escrita en la Biblia. Es decir, tenemos más que suficiente en la Sagrada Escritura para conocer, tratar y seguir a Jesús pero es que Jesús es mucho más. Eso por un lado. Por otro, Jesucristo no se ha dirigido a nosotros desde revelaciones o sueños sino hablando un determinado idioma y desde una cultura y tiempos concretos. Eso se ha reflejado en los escritos sobre Él. Tales escritos provienen de una predicación anterior. Tal predicación sigue a día de hoy y no puede desconectarse de las Escrituras.

Así llegamos al mensaje de este número: la importancia de la homilía y el cuidado que se ha de poner en ella para que transmita a Cristo. La homilía forma parte de la liturgia de la Palabra, sería una especia de concreción y actualización de la Palabra de Dios en palabras humanas. De ahí que se pida, antes de nada, que el predicador esté familiarizado con la Palabra, que sea amigo y testigo de Cristo. No es cuestión de convertir la homilía en una clase de teología ni en discusión sobre aspectos históricos de los textos leídos sino que es sobre todo charla familiar sobre Cristo y la vivencia de la fe. De ahí que el Papa proponga tres preguntas a la hora de preparar la homilía: ¿Qué dicen las lecturas proclamadas? ¿Qué me dicen a mí personalmente? ¿Qué debo decir a la comunidad, teniendo en cuenta su situación concreta?.

Los encargados de la homilía son los ministros ordenados, encargados de ofrecer una visión actual de la Palabra proclamada, de centrar el pensamiento de la asamblea en Cristo, centro de la Palabra, Palabra por excelencia. Los fieles que escuchan tienen la posibilidad de meditar en lo dicho. Lo básico es el encuentro con el Resucitado que sigue estando presente por su Palabra. La responsabilidad, de todos modos, sigue en las manos del ministro ordenado que predica, de modo que los fieles puedan descubrir la presencia actual y actuante de Cristo en medio de ellos. Y es que hay que volver a recordarlo: escuchar las lecturas no es escuchar literatura del pasado sino escuchar a Dios, a quien podemos responder con nuestra oración. De ahí que no podamos quedarnos en unas consideraciones literarias o históricas sobre lo leído sino que en la Palabra celebrada hemos de descubrir a Cristo que habla aquí y hoy a nosotros.

Una vez más, el documento recuerda la importancia de la homilía de domingos y solemnidades (que es obligatoria) y la oportunidad de aprovechar cualquier Misa para alguna reflexión, más o menos breve.


 5. Número 60: Oportunidad de un Directorio homilético.

Instrumento que resumiría la doctrina y animaría a la práctica, dando pautas, de la homilía y el cuidado del arte de la predicación. Suelen ser un resumen de todo lo que hay sobre el tema añadiendo consideraciones actuales y dando consejos prácticos.
 
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