3. Número 58: Proclamación de la Palabra y
ministerio del lectorado.
Este número va dirigido especialmente a los fieles
de rito latino. Y es que dos veces se cita: una vez diciendo que en
la tradición latina es el sacerdote quien proclama el Evangelio y un
fiel laico se encarga de las lecturas; y en otra ocasión cuando dice
que en el rito latino el lectorado es un ministerio laical. Imagino
que habrá diferencias respecto de otros ritos católicos pero como
no es importante para nuestra exposición, simplemente llamo la
atención sobre estas dos citas, pues me parecen que dan cuenta de
tales prácticas distintas.
Un resumen del número nos vendría a decir que no
hemos de cejar en el empeño por cuidar la proclamación de la
Palabra. Cualquier fiel laico puede hacerlo ocupándose de las
lecturas, quedando reservado el Evangelio para el fiel ordenado.
Puede darse el caso de que quien lee tenga el ministerio de lector o
sea un fiel elegido ex profeso. En ninguno de los dos posibles
debería faltar una preparación bíblica, litúrgica y técnica.
Recordemos, como también lo hace VD, que el
lectorado es un servicio que puede ser llevado a cabo por cualquier
fiel. Hay la posibilidad de ejercerlo de modo cotidiano o
puntualmente, de forma espontánea o instituida. Es decir, uno puede
leer porque se ofrece y dispone para ello o puede ser un fiel con tal
ministerio instituido y dedicarse de un modo especial a ello, además
de tener prevalencia en una celebración. Sea como fuere, se pide
idoneidad para el servicio y preparación. Cuántas veces esto no se
tiene en cuenta, ¿verdad? Nos sigue pensando ciertas imposiciones o
prejuicios del estilo: que lea un niño, pedir ayuda justo después
de la oración colecta, buscar a alguien importante presente en la
comunidad… y va a ser que no, que las condiciones pedidas son
idoneidad y preparación: que sepa leer, que lo haga claramente y
dándole sentido a lo leído; a poder ser que tenga cierta idea de
qué va el texto, que lo entienda, que descubra su unión con la fe,…
hay cosas que pueden solucionarse fácilmente con un grupo de
liturgia o con una breve explicación por parte del sacerdote, amén
de las publicaciones que hay pero hay un trabajo personal de
acercarse al texto, de preparar su lectura y de dejar de lado los
nervios o la desgana de aparecer ante la comunidad. Por parte de la
comunidad podríamos señalar que no hay que ver al lector como
alguien que quiere “aparecer” sino que es alguien que da voz a la
Palabra de Dios y que cualquiera puede ofrecerse. Por parte del
sacerdote, saber elegir y acompañar, tener dispuesto bien el lugar y
la megafonía si se precisa.
Centrándonos de nuevo en el lector, la VD pide una
triple preparación: de corte bíblico, litúrgico y técnico. No nos
asustemos ante estas tres palabras que pueden sonar muy elevadas. No,
podemos cogerlas sin miedo y darles cuerpo en forma de acompañamiento
y formación. La formación bíblica apunta a un conocimiento básico
de la sagrada Escritura, al menos saber qué dice el texto que se va
a leer y conocer qué conexión tiene con la fe de la Iglesia. La
formación litúrgica apunta a conocer la doble mesa de la Misa
(Palabra y Eucaristía), su unidad y significado, reconociendo la
presencia de Cristo en ambas. La formación técnica apunta a la
preparación de una lectura pública a viva voz o por megafonía.
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