2. Número 57: la Sagrada Escritura y el
Leccionario.
Tras esta presentación amplia del documento, de su
origen y su división, pasemos al contenido de los números que me
han pedido estudiar.
La reforma de los libros litúrgicos formalizada en
el Concilio Vaticano II ha dado como fruto, entre otros, unos
leccionarios donde podemos descubrir de forma amplia el tesoro de la
Sagrada Escritura. Digo de forma amplia porque no está toda la
Biblia repartida en el Leccionario pero sí lo más sobresaliente y
representativo. Básicamente, porque hacer historia y divisiones
daría para toda la charla, tenemos un ciclo de lecturas dominicales
que se reparte en tres años, el ciclo de las ferias del Tiempo
Ordinario en dos años y las lecturas de memorias, fiestas,
solemnidades que se reparten entre propias y del común. Con lo que
sí nos podemos quedar es que tenemos a nuestra disposición una
amplia selección de textos que nos dan una visión amplia de la
Sagrada Escritura, que la liturgia es el ámbito privilegiado de
escucha de la Palabra, que Cristo mismo se hace presente en las
lecturas (presencia sacramental, entendida en sentido amplio), que a
Dios escuchamos cuando escuchamos las lecturas y que le respondemos
cuando le rezamos.
Si nos centramos en las lecturas dominicales veremos
esa riqueza, con sus tres lecturas, con esa unión especial que suele
haber entre la primera y el Evangelio, con ese remarque siempre
necesario de que el centro de todo es Cristo. La misma celebración
aumenta esta impresión, ya que la Eucaristía en la que compartimos
la Palabra es actualización del sacrificio de Cristo, es
actualización y recuerdo de su presencia entre nosotros. Es decir,
lectura y celebración se complementan y hasta se piden. Podríamos
decir que el gesto visible pide una interpretación y la palabra
proclamada pide una acción que la visibilice.
Aquí, el Papa recuerda uno de los tres principios
básicos de interpretación de la Sagrada Biblia: la lectura
canónica, es decir, la lectura de toda la Escritura como un gran
todo, como una biblioteca donde de fondo siempre resuena el Nombre de
Cristo. Este principio también lo recordó en su libro Jesús de
Nazaret, diciendo que no podemos reducir nuestro acercamiento a
la Biblia a un estudio literario, histórico-crítico, a una visión
historicista de la Biblia so pena de acabar viendo en Jesús un
personaje del pasado sin más. Este recordatorio en la Verbum Domini
viene al cuento de las dificultades que tantas veces aparecen de
querer conciliar los dos Testamentos y, hasta me atrevo a decir
porque es experiencia común, de acabar de comprender la unión entre
las lecturas que en una Misa se proclaman. A veces nos llama la
atención la diversidad de las lecturas o el lugar donde se han
cortado. Bien, el Papa nos anima a que no hagamos lecturas sesgadas
sino que prestemos atención a la unidad de toda la Escritura, así
que podríamos decir que en toda liturgia de la Palabra (ya sea como
celebración en sí misma ya sea en Misa) tenemos parte de la Sagrada
escritura, reconocemos su amplitud y profundidad, tomamos
conciencia de que necesitamos leer más y que Cristo es la clave de
unión de todo lo leído. Aunque sólo sea por complementar, los dos
otros principios católicos de interpretación bíblica, al lado de
este principio de unidad de toda la Sagrada escritura, son la unión
entre Escritura y Tradición y la analogía de la fe. O, para
entendernos en vulgar: toda la Escritura remite a Dios y su relación
con nosotros (con Cristo como centro de atención); no podemos
separar Iglesia y Escritura (por separado serían valiosas pero
incomprensibles y etéreas, limitadas y expuestas a toda clase de
interpretación y cambio); no podemos separar Escritura y verdades de
fe.
El número remata con una alabanza al Leccionario
del rito latino, que es apreciado por confesiones que no están en
comunión con la Iglesia Católica y con una llamada de atención a
las Iglesias Católicas Orientales a que examinen el suyo desde sus
propias tradiciones y autoridades, sin olvidar el actual contexto de
ecumenismo.
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