FELIZ AÑO NUEVO.
Así empezaron las homilías, en las parroquias que administro, este domingo. Y es que le calendario litúrgico, el calendario de la Iglesia inaugura hoja nueva, se reinicia el recorrido por la vida del Señor, tachonando el año que queda con sus fiestas y las fiestas de los ángeles, la virgen María y los santos. La Pascua, lo recordamos, marca el centro y culmen de todo, como una gran luz que ilumina al resto de lucecillas que son los domingos y fiestas.
El Ciclo actual del Año Litúrgico es el B, así que los evangelios de los domingo serán de san Marcos. En la diócesis, los grupos bíblicos tiene material para dedicarse este curso a la segunda mitad del Evangelio según san Marcos, así que no podemos por menos que aplaudir y aprovechar tal coincidencia.
El Tiempo en que estamos se denomina Adviento, el tiempo de la espera. ¿De quién? De Cristo. Ojo, no es que haya desaparecido ni huido sino que hacemos memoria de un modo especial de la Navidad y su preparación. Hacemos actual de un modo más consciente la necesidad de estar alerta, de no olvidarnos que esperamos la venida definitiva del Señor: venida en gloria que marca el fin de los tiempos tal como los conocemos para dar paso a la eternidad universal. Y esta espera viene de la creencia en la llegada del Señor, naciendo de la Virgen María, cosa que celebramos en Navidad. Así que, podríamos sintetizar, creemos en la venida en carne de Nuestro Señor y esperamos la futura venida en gloria de Cristo. Mientras, en espera estamos, en espera podemos seguir pidiendo fe y esperanza y obrando desde el amor; seguir con los pies en el suelo y el corazón en el Cielo, en tensión que no desgasta sino prepara para la vida divina.
El Tiempo de Adviento es tiempo de recuerdo y reactivación. Repitiendo estos ciclos donde se hace un especial hincapié en algún misterio de la vida del señor (aquí el nacimiento, la encarnación), la Iglesia invita a reconocer, a profundizar, a renovar nuestra relación con Dios. De la misma forma que se repite un acto para controlarlo y hacerlo mejor, de igual manera que machacamos hasta aprendernos algo de memoria o repetimos expresiones aprendidas y universales a una persona a la que queremos, así la Iglesia da una nueva oportunidad de escuchar "lo mismo de siempre" para captar su profundidad y zambullirse en ella.
Estas cuatro semanas que quedan hasta Navidad son ocasión de cierta sobriedad y preparación a la Navidad. Je, ojalá que no nos quedemos con las prisas de los regalos sino que sepamos meternos en una experiencia de gratuidad y reencuentro con Cristo Niño que nos anima a sentirnos niños en presencia del Padre. La sobriedad de este ciclo nos lleva a vestir en Misa el color morado (color de penitencia, de preparación, de dolor incluso), el mismo que usamos en Cuaresma o en los funerales.
"Estad
siempre alegres en el Señor. Otra vez os lo digo: Estad alegres. Que
vuestra bondad sea conocida de todos. El Señor está cerca." (Flp 4, 4-5, lectura que nos acompañará en todas las II Vísperas de los domingos de este Tiempo)
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