martes, 19 de mayo de 2009

Homilía de primera Misa (este pasado domingo)




Paz y bien, hermanos.



Que el Dios de la Vida me ilumine y pueda ser para vosotros una ayuda y no un estorbo. Sabed vosotros perdonar la inexperiencia de este joven sacerdote que viene de tierras ourensanas pero hablo porque José Luis me lo pidió y con alegría acepté tal encargo.


De todos modos, que Dios sea bendito por mi boca y vuestra paciencia.

¿A qué viene tal reunión de sacerdotes y fieles? ¿Cómo justificaremos nuestra presencia aquí? Podríamos decir que un amigo nos ha invitado y acudimos a su llamada. Bien pero… ¿tiene que ser dentro de un templo? Responderíamos: pues claro, la invitación es a una Misa. Ah, así que todavía creéis en eso… Más de una persona podría decirnos esto o algo parecido, podría apuntar un dedo acusador contra nosotros y decir que estamos despilfarrando bienes que otros hermanos nuestros necesitan, que aquí hay muchos curas mientras muchas parroquias quedan sin Misa dominical, que acudimos a Misa pero luego no practicamos lo que celebramos en ella,… Sí, ¿cómo justificaremos nuestra presencia aquí?


Más que por el cariño hacia José Luis o por otros motivos laudables, tendríamos que poner nuestros ojos en la fe y decir: venimos aquí por ser cristianos. Acudimos al templo parroquial para la celebración más grande que se nos regala y lo hacemos con una alegría especial porque uno de nosotros ha sido llamado al sacerdocio. Sí, estamos aquí por la fe. Por ese regalo de Dios que es una muestra de su amor por nosotros y nos pide una respuesta similar.


Tener fe es tener confianza en Dios. Qué bello que Dios nos ofrezca su confianza, nos tienda su mano y lo haga con toda verdad y amor. Qué alegría descubrir que es un Dios cercano, no alguien extraño y lejano que nos exige sacrificios irracionales. Qué fortuna tener a Jesucristo como maestro y revelador de Dios Padre. Qué bonito, sí, pero qué pocas veces lo agradecemos y practicamos. Ojalá esta celebración anime nuestra fe y nos levante la mirada hacia lo alto de Dios. Podríamos tener ya presente, como en petición, lo que luego diremos: Levantad los corazones…


Así que, ya lo tenemos claro: estamos aquí por la fe, por nuestro ser cristianos. ¿Y qué vinimos a ver? Cosas grandes y maravillosas que quedan ocultas a los ojos engreídos y altaneros, a los corazones egoístas y endurecidos. Cosas ocultas que el Buen Dios ha tenido a bien descubrirnos. Si pensáis que lo que aquí sucede puede quedar plasmado en una fotografía o una filmación estáis muy equivocados y ciegos. Sí, hermanos, nuestros ojos físicos nos dan una dimensión de lo que sucede pero es nuestra fe la que detecta la enorme luz y belleza de lo que está aquí pasando. Y no os extrañéis; ¿no sucede más de una vez que vemos a una persona y una especie de intuición nos dice si nos caerá bien o mal? Pues la fe va mucho más allá. Ya veréis.


Comenzando por la comunidad podremos ver que aquí está la Iglesia y que el Señor Jesús está presente entre nosotros. ¿No decimos en el Credo que creemos en la Iglesia Una y Católica? Pues aquí la tenéis: entre todos formamos una única comunidad pero muchos son los lugares desde los que nos desplazamos. Somos muchos y distintos pero compartimos la misma Palabra de Dios y la misma celebración. Muchos serán los grados de nuestra santidad pero es la misma comunión la que compartimos. Distintas son las edades pero único es el Bautismo que nos dio vida cristiana.


¿Esperáis más novedades ocultas? Que la fe os guíe. Mirad cuántos elementos materiales nos ayudan a manifestar lo divino: los sacerdotes con nuestras vestiduras, todos los que os habéis puesto traje de fiesta por un motivo religioso, los cirios encendidos, la patena y el cáliz, el mismo pan y vino que serán convertidos en Cuerpo y Sangre de Cristo, las imágenes de la iglesia y su misma disposición,… Todo cuanto nos rodea no está ahí porque sí sino que tiene un sentido y es un medio para que lleguemos a Dios invisible desde los elementos visibles. Por usar una comparación: como cuando queremos a una persona y llevamos su foto cerca de nosotros.


Y no olvidemos la Palabra de Dios. Puede pasársenos pero nos es muy cotidiana y está presente en toda Eucaristía. Aunque los lectores sean humanos no podemos olvidar que es Palabra divina, aunque la voz sea de hombre la Palabra es de Dios. A veces no se le presta atención porque pensamos que es mejor estar rezando alguna oración o porque no la comprendemos. Pero ahí tenemos ese precioso modelo de oyente de la Palabra: a la santísima Virgen María. ¿Por qué no actuar como ella? Estamos en el mes de mayo, mes de las flores, mes de María. Es buen momento para imitarla en algo y ese algo puede ser la escucha de la Palabra de Dios como ella la escuchó: prestando atención, guardándola en nuestro corazón y meditándola.


Os prometí cosas maravillosas. Bien, echemos juntos un último vistazo. Tenemos a José Luis presidiendo esta primera Misa. ¿Acaso no nos supone su presencia y ser todo un misterio de fe y alegría cristiana?


Ayer, por la imposición de las manos y la oración consecratoria del Obispo Juan Antonio, se operó en él un cambio. Efectivamente, tenemos al mismo José Luis en su porte exterior pero ya no es el mismo en su ser, ahora es una criatura nueva. Por la gracia de Dios has sido llamado al sacerdocio y es como si fueses recreado. Las comparaciones llegan donde llegan pero podríamos pensar en el mismo pan que ahora está en la patena. Lo que ahora es pan luego, por las palabras de la consagración, será Cuerpo del Señor. ¿Veremos algún cambio físico o notaremos algo distinto al comulgarlo? Para nada, pero nuestra fe nos dice que ahí hubo un cambio sustancial. Y algo así sucede con José Luis y con cuantos hemos sido ordenados.


Nuestro barro ha sido humedecido para que pueda parecerse un poco más a Jesucristo, Nuestro Señor. Si dejamos que Dios nos moldee seremos buenos sacerdotes, santos incluso, pero si nos endurecemos y no dejamos que Dios hable a través de toda nuestra vida seremos como piedras de río: mojadas por fuera pero secas en su interior.


Nuestras manos están marcadas con óleo santo y con la señal de la cruz; ¿podremos cerrarlas y no dejar pasar por ellas las gracias que Dios quiere repartir? Daría para un libro y de los grandes, meditar sobre nuestras pobres manos de hombre que manejan los misterios de Dios y los ofrecen a los hermanos. Qué belleza y qué responsabilidad, ¿verdad?


Sí, cuánto nos hace ver nuestra fe…


Hermanos, hoy que acudimos a esta llamada, hoy que nos reunimos en torno al mismo altar aunque seamos de diversos lugares, hoy que nos llena de alegría ver actuar a un nuevo sacerdote y cómo Dios se manifiesta en él, hoy que descubrimos lo que la fe nos muestra, hoy… no cerremos estos ojos del alma. No dejemos de rezar unos por otros ni de acudir a la Santa Misa. No dejemos de alegrarnos por sabernos cristianos ni dejemos que nuestros contemporáneos y sucesores piensen que somos unos pobres desdichados. No dejemos que la fe se nos muera por tantas dificultades y confusión.


José Luis y todos los sacerdotes somos muestra de que el Señor sigue llamando. Todos ustedes son muestra de que el Señor nos quiere actuando en el mundo y con el corazón en el Cielo. La Iglesia es muestra y anticipo de lo que un día será Reino de Dios en plenitud.

Así que GRACIAS. Gracias a Dios por llamarnos, de un modo especial a ti, José Luis, y gracias porque le has respondido con un sí. Gracias a cuantos nos acompañasteis en nuestro camino de formación, sobre todo nuestros padres. Seguro que pensáis que nos habéis perdido pero ya veréis como en realidad ahora estamos mucho más cerca. Y gracias a la Iglesia, que es el hogar donde todos vamos aprendiendo a ser hermanos, unas veces muy buenos y otros no tanto… bueno, pero sin llegar a lo de Caín y Abel, ¿eh?


Mucho nos queda por decir pero, tranquilos, yo ya termino. Mucho nos queda por ver y agradecer con estos ojos preciosos de la fe. Así que si “no andamos muy católicos” no tengamos miedo de pedir el Espíritu Santo, del cual pronto celebraremos su fiesta. Seguramente, como le pasó al apóstol Tomás ante el Resucitado, cuando nuestra fe abra los ojos de nuestra alma exclamaremos: Señor mío y Dios mío.


PD: Crónica desde el Seminario...
... Vídeo en Youtube...

2 comentarios:

noel dijo...

hola
te curras los textos
; - )

Félix. dijo...

Ai, solo faltaba...

 
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